Apuntes sobre el Creer y la Vida Espiritual

By José Danois

El evangelio no descansa sobre lo que hacemos, sino sobre en quién creemos.

Con el paso del tiempo he entendido que el corazón del mensaje no es el esfuerzo humano, sino la gracia divina. Todo lo recibimos. Nada lo compramos. Nada lo merecemos.

Creer es apoyarse en una Persona. Es descansar el peso del alma en Aquel que ha hablado. Por eso la Escritura afirma que «sin fe es imposible agradar a Dios» (Hebreos 11:6). No dice “sin obras”, ni “sin disciplinas”, ni “sin sacrificios”. Dice sin fe.

La fe es esa certeza silenciosa que sostiene la esperanza cuando todavía no vemos. Es la convicción profunda de que Dios es real, de que Él está, de que Él responde, de que Él recompensa a los que le buscan (Hebreos 11:1, 6).

La salvación es un regalo. El Espíritu Santo es un regalo. Los dones son regalos. Todo proviene de la gracia. Lo único que el Señor nos pide es que le sigamos; y seguirle implica negarnos, tomar la cruz y caminar tras Él (Mateo 16:24). No es el precio de la salvación, sino la consecuencia de haber sido alcanzados por ella.

A veces olvidamos esto.

Pensamos, quizá sin decirlo en voz alta, que si oramos más, Dios nos mirará mejor. Que si ayunamos más, nos concederá lo que pedimos. Que si hacemos suficientes sacrificios, obtendremos su favor.

Pero nada de eso nos hace más aceptos. Ya somos aceptos en Cristo.

Entonces, ¿para qué oramos?

Oramos porque creemos. Oramos porque necesitamos. Oramos porque amamos. Oramos porque dependemos.

La oración no cambia a Dios; nos cambia a nosotros. No es un intento de persuadir al cielo, sino una expresión de confianza. Entramos en lo secreto no para presionar a nuestro Padre, sino para estar con Él (Mateo 6:6). En la oración aprendemos que su presencia es mayor que nuestras peticiones.

Orar es respirar. Es reconocer que sin Él no podemos vivir.

¿Y el ayuno?

No es un castigo al cuerpo ni un mecanismo para “matar la carne”. Si así fuera, bastaría con abstenernos de comer para eliminar nuestros deseos desordenados. El ayuno es algo más profundo: es una declaración del alma.

Es decirle a Dios: “Mi hambre más grande eres Tú”.

Es suspender lo legítimo por un momento para expresar que hay algo superior. Como el salmista que buscaba a Dios “en tierra seca y árida donde no hay aguas” (Salmos 63:1). El ayuno nos recuerda que el alimento sostiene el cuerpo, pero solo Dios sostiene la vida.

La fe es el lenguaje del evangelio. Desde el principio hasta el final, la justicia de Dios se revela por fe (Romanos 1:17). Jesús repetía una y otra vez: “El que cree…”. Todo parece girar alrededor de esa respuesta sencilla y profunda del corazón.

“El que cree en mí…” “Si puedes creer…” “Todo aquel que en él cree…”

Creer.

Y sin embargo, cuando lo que esperamos no ocurre, cuando las respuestas se demoran, el alma se inquieta. Comenzamos a medirnos: “No estoy haciendo suficiente”. “No estoy orando lo bastante”. “No estoy ayunando lo suficiente”.

Sin darnos cuenta, cambiamos la confianza por el esfuerzo. Dejamos la fe y abrazamos el control. Algo parecido a lo que hicieron Sara y Abram cuando intentaron “ayudar” a la promesa (Génesis 16).

Las disciplinas, que nacieron para acercarnos a Dios, pueden convertirse en sustitutos de la confianza. Y entonces ya no descansamos en su fidelidad, sino en nuestra constancia.

Pero Dios no responde a monedas humanas. No negocia con sacrificios. Él busca fe.

Las disciplinas espirituales son caminos hacia su presencia, no herramientas para manipular su voluntad. Son expresiones de amor, no mecanismos de intercambio.

A Dios le agrada que confiemos. Que descansemos. Que creamos.

La fe es la llave. Es el “sí” del corazón cuando todo alrededor parece incierto. Es volver a decir: “Señor, confío en Ti, aunque no entienda”.

Y al final, todo termina en adoración:

A Aquel que es poderoso para hacer mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos… a Él sea la gloria por todas las edades (Efesios 3:20–21).

Amén.

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Tags: Reflexión
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